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Maestro de San Sebastián Monti. Lamento de Cristo con Ángeles

Codice: 333867
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Autor: Maestro del san Sebastiano Monti
Época: Siglo XVII
Categoría: religiosa
Expositor
AliceFineArt
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Piazza Tre Martiri, 2, Rimini (RN (Rimini)), Italia
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Maestro de San Sebastián Monti. Lamento de Cristo con Ángeles  Traducido
Descripción:
Maestro de San Sebastián Monti Lamento de Cristo con Ángeles Óleo sobre papel aplicado sobre tabla, cm 29,3 x 17 1625 ca. Procedencia: colección privada En el Gólgota, nubes plomizas evocan un eclipse. Una suave luz se extiende en el atardecer, acariciando la artificiosa naturalidad del Cristo depuesto. Los muslos torneados rozan el uno contra el otro con velada sensualidad; es el majestuoso, tácito abandono de un antiguo héroe herido. Rendido y triunfante. Un Ángel se demora socorriéndole en la sombra, tiene la túnica esculpida por el viento, despeinada la melena entre grandes alas oscuras mientras otro, inclinado, afectuoso en la luz dorada, se enciende de un fulgor devoto, viril y femenino a la vez. La obvia centralidad narrativa de la Cruz es liberada de las tradicionales simetrías; las figuras, dispuestas en una animación ondulante, escalena, ya están proyectadas al barroco. Aun en la excelsa consonancia de composición, gesto y dibujo, indicativa de una invención sin duda original, el rostro del Cristo corresponde a una fisonomía recurrente en Cerano [Cfr. Op. cit., 2005, pp.190-191, tav.44] en obras datables al segundo decenio del siglo XVII [Op. cit., 1989, pp.134 - 135], mientras que los Ángeles parecen recortados de una tela de Giulio Cesare Procaccini. Daniele Crespi, genio consumido con trágica precocidad, supo sintetizar la tradición lombarda con la clasicista boloñesa de manera áulica, solar, aunque no exenta de visionarias, nórdicas inquietudes. Tal apogeo estilístico, que nuestro cuadro encarna ejemplarmente, se sitúa en el año 1623-24 [Cfr. Op. cit., 1996, p.7 y Op. cit., 2012, p.71], en concomitancia con la ejecución de un ciclo de pinturas en Milán, en la destruida Iglesia de San Protaso ad Monachos, para la Capilla dedicada a San Juan Bautista. Similar viraje siguió las nuevas directivas estéticas post-tridentinas delineadas por el Cardenal Federico Borromeo, fundador de la Academia Ambrosiana (1620), condensadas en su De Pictura Sacra (1624) en el triple imperativo: delectare, docere, movere. La pulida anatomía del Cristo, los rostros angelicales, donan placer extático, exaltando el extremo sacrificio. Lectio sobre el sentido supremo del martirio son la corona de espinas y lo clavos venados de sangre, dispuestos lateralmente, sin énfasis; no horror y contrición han infundido en Jesús denigración y muerte, sino una ternura casi infantil, un deseo de resurgir en la paz superna. El mismo modelo viril de nuestro Lamento recurre de modo obsesivo en una nutrida serie de cuadros, no por casualidad variadamente atribuidos a Cerano, a Procaccini, a Morazzone, a Crespi, que parte de la crítica reconduce a una única, nueva personalidad no mejor documentada: el Maestro de San Sebastián Monti. La emersión ex nihilo del Maestro se ocasiona como solución a la diatriba atributiva [Cfr. Op. cit., 2006, p.33] referente a la nota y controvertida Pala con la Decollazione del Battista conservada en S. Alessandro a Milano (y relativo estupendo boceto en colección privada) [Op. cit., 2012, tav. 37-38]; él deriva su propio nombre de un San Sebastián de la antigua Colección del Cardenal Monti, sucesor de Federico Borromeo [Cfr. Op. cit., p.75] y sería también el autor del San Francesco in estasi e Angeli [Ibid. tav.43] y del San Francesco in meditazione [Ibid. tav.42] en que el modelo retratado es por lo demás siempre el mismo de nuestro cuadro. Entre las telas atribuidas al Maestro encontramos finalmente dos grandes palas conservadas en la Iglesia de San Simpliciano en Milán; nuestro Lamento constituye con evidencia la primera idea para la parte central del Lamento de Cristo [Op. cit., 2012, tav. 48-49, fig. 1]. La “tensión espiritual” y la “vocación imaginífica” de estas dos palas dejarían reconocer en el Maestro a un verdadero y propio “alter ego” de Crespi, como si los dos pintores estuvieran unidos por un “misterioso hilo psicológico y estilístico” [Op. cit., 2012, pp.77-78], no excluyendo que el Maestro pueda haber sido el ignoto iniciador de Crespi a la pintura [Op. cit. 1989, pp.83-85]. Existe además un pequeño cuadro, recientemente expuesto con atribución a Giovanni Andrea Ansaldo en Farsettiarte (Asta n°169, lote n°647), ahora en prestigiosa Galleria Antiquaria como Maestro del San Sebastiano Monti, que retoma con variantes el tema del Lamento. La lógica antecedencia de nuestra vibrante primera idea respecto a la monumental tela de San Simpliciano, faltando toda documentación sobre la comisión y la prístina colocación, sugeriría de atribuir este Lamento de Cristo con Ángeles al Maestro de San Sebastián Monti. En el reverso de la delgada tabla de nogal, escritas a bistre con tres grafías diferentes se leen: la enigmática sigla “D,C,F”(?) , “DANIEL’’, “crespi”, el número inventarial “31”. Tabla y tiras de papel están unidas desde el principio, ya que en varios puntos la originaria stesura del color traspasa desde el soporte de papel al leñoso debajo; esto hace plausible que parte de las escrituras sea coetánea al dipinto, o sea, una firma. Sería prejuicio entonces, si no error, excluir por principio que nuestro Lamento pueda ser una creación del mismísimo Daniele Crespi, prontamente acogida por su propio fantasmagórico alter ego. Leonardo Scarfò  Traducido