Seguidor de Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617 - 1682)
San Juanito con el cordero
Óleo sobre lienzo, 113 x 80,5 cm
Este fascinante lienzo, obra de un talentoso seguidor de Bartolomé Esteban Murillo, representa una de las iconografías más queridas y afortunadas del maestro sevillano: San Juanito con el cordero. La escena retrata al pequeño Bautista con una fisonomía casi angelical, lejos de la austera imagen del predicador en el desierto descrita por el Evangelio de Mateo. El niño, de rasgos suaves y mirada soñadora, abraza con afecto un cordero, símbolo del futuro sacrificio de Cristo, en una interacción que irradia una humanidad profunda y conmovedora. El antebrazo del pequeño santo se entrelaza con una de las patas del animal, mientras la mano señala al cielo, recordando el encuentro evangélico en el que Juan proclama la naturaleza divina de Jesús. A sus pies, una cruz de caña envuelta en un pergamino lleva la inscripción latina "Ecce Agnus Dei", referencia explícita a las palabras recogidas en el Evangelio de Juan. Esta composición específica retoma fielmente el célebre prototipo autógrafo de Murillo que hoy se conserva en la National Gallery de Londres, una obra que originalmente constituía un díptico con el Niño Jesús como Buen Pastor, actualmente en colección privada. La historia del cuadro londinense está estrechamente ligada a la figura de Don Justino de Neve, canónigo de la Catedral de Sevilla y uno de los mecenas más ilustrados del artista, quien en 1665 expuso la pareja de lienzos con motivo de las espectaculares celebraciones por la inauguración de la iglesia de Santa María la Blanca. En aquella ocasión, el San Juanito y el Buen Pastor flanqueaban la célebre Inmaculada Concepción de los Venerables de Murillo, hoy en el Prado, creando un conjunto devocional de extraordinaria potencia visual. El arrollador éxito de esta invención, capaz de transformar complejos dogmas teológicos en imágenes de desarmante inocencia y pureza infantil, impulsó a numerosos miembros del taller y a seguidores del maestro a realizar réplicas y variantes para satisfacer la creciente demanda del mercado artístico. Murillo, por otra parte, volvió repetidamente al tema del Bautista niño, explorando diversas posibilidades compositivas y psicológicas; son testimonio ilustre de ello las versiones conservadas en el Kunsthistorisches Museum de Viena y en la National Gallery de Dublín, donde el sujeto se declina con sutiles variaciones pero manteniendo siempre esa seña de identidad estilística hecha de luces tenues y ternura expresiva que convirtió al pintor de Sevilla en un modelo imprescindible también para los maestros británicos del siglo XVIII como Gainsborough y Reynolds. En esta versión, el seguidor logra capturar la esencia de la poética de Murillo, privilegiando una atmósfera íntima y doméstica que invita al fiel a emular la sencillez de los niños, rindiendo homenaje a una obra que, gracias también a los numerosos grabados que difundieron su imagen a lo largo de los siglos, sigue siendo hoy una de las más icónicas y reconocibles de la escuela española, capaz de fusionar el misticismo religioso con una gracia puramente terrenal.