Finales del siglo XV, principios del siglo XVI
San Jorge y el dragón
Óleo sobre lienzo, 102 x 122,5 cm – con marco, 111 x 130 cm
En el corazón de una composición densa de tensión, un caballero con armadura se lanza contra un dragón de fauces abiertas, mientras una figura femenina en oración asiste a la escena. El caballo blanco se empina con vigor en el centro, convirtiéndose en protagonista tanto como el caballero que lo monta. Al fondo, un paisaje abierto con un río y una ciudad lejana recuerda la tradición flamenca y del norte de Italia de finales del siglo XV.
El tema es uno de los más queridos de la iconografía cristiana: la leyenda de San Jorge, soldado romano martirizado en el siglo III y venerado como patrón de los caballeros y guerreros. Según la tradición hagiográfica, Jorge llegó a la ciudad de Silene, en Libia, donde un dragón aterrorizaba a la población exigiendo víctimas humanas. Cuando le tocó a la hija del rey ser ofrecida en sacrificio, Jorge intervino, se enfrentó al monstruo a caballo y lo abatió con su lanza antes de convertir a toda la ciudad al cristianismo. El episodio se convirtió en metáfora de la victoria del bien sobre el mal, de la fe sobre el miedo, y fue representado a lo largo de los siglos con infinita variedad por pintores, escultores y miniaturistas de toda Europa.
La presencia del caballo blanco empinado trae inevitablemente a la mente las soluciones formales de Paolo Uccello, el maestro florentino del siglo XV que hizo del caballo en escorzo una de sus obsesiones pictóricas. En las dos versiones de San Jorge y el Dragón —la conservada en París en el Musée Jacquemart-André y la de la National Gallery de Londres— Uccello construye corceles casi escultóricos, rígidos en su perfección geométrica, símbolos de potencia controlada y racional. Las mismas soluciones formales se encuentran en la célebre Batalla de San Romano, donde los caballos se convierten en máquinas de guerra monumentales, estudiados en todos los ángulos posibles con rigor geométrico-matemático.