Antonio Travi, conocido como Sestri (Sestri Ponente 1608 - Génova 1665), círculo
Paisaje con ruinas y escena bíblica
Primera mitad del siglo XVII
óleo sobre lienzo, 82 x 121 cm, con marco antiguo 105 x 145 cm
Detalles descriptivos y fotográficos completos: www.ANTICHITACASTELBARCO.it
El hermoso cuadro publicado, un amplio paisaje con ruinas arquitectónicas, refleja completamente la poética pictórica de Antonio Travi (Sestri Ponente 1608 - Génova 1665), el primer paisajista de la escuela pictórica genovesa; una poética que se mantiene constante a lo largo de su prolífica carrera: desde sus inicios, como alumno de Bernardo Strozzi, hasta su muerte en 1668, cuando su floreciente taller ya contaba con numerosos hijos y alumnos. Las imponentes ruinas, resaltadas por una luminosidad fría y brillante, sirven de fondo al episodio bíblico de la huida a Egipto, con la Sagrada Familia en primer plano.
Observando los caracteres de estilo, notamos la evidencia de la pincelada y el amor por el color, típicos del maestro Strozzi, pero también un brillo y una precisión típicos de los flamencos activos en Génova, con una referencia particular al alemán Goffredo Waals, presente en diversas colecciones de la aristocracia genovesa. Las luminosas y metafísicas escenografías de Waals se traducen en la pintura de Travi con un gusto por las ruinas en clave ligur, a través de pinceladas rápidas, densas de color y un naturalismo fantástico acentuado por tonalidades plateadas. Del lienzo propuesto se deducen elementos típicos de su paleta, como los cuidados arreglos cromáticos y la estudiada inserción de tonalidades más vivas sobre los tonos base de tierras y blancos.
En cuanto a la composición, su apasionada investigación sobre el paisaje italianizante permanece prácticamente inalterada con el tiempo, donde las huellas del tiempo que transcurre inexorablemente – las antiguas arquitecturas en ruinas y las casitas derruidas – habitan los escenarios de una naturaleza silenciosa. Sus obras siempre están animadas por pequeñas figuras, que desarrollan con sencillez sus actividades cotidianas: llevan los rebaños a abrevar o a pastar a orillas del río. La misma cotidianidad popular de sus sujetos de género caracteriza también las pinturas de temática sagrada, como la que nos ocupa, siempre dominadas por un orden que infunde una soberana quietud al ambiente.
Sin embargo, hay que subrayar que la presencia del hombre nunca parece determinante, sino que, de hecho, la verdadera protagonista de sus obras es una naturaleza que se muestra en toda su sencillez. Esta tela lo explica bien: casi un manifiesto de su vena poética, donde la ruina es la verdadera reina de la escena: el paso inexorable del tiempo al que nada puede oponerse, excepto la Madre Naturaleza, en su silenciosa resistencia hecha de cielos azules eternamente surcados por nubes, de cursos de agua que siempre descenderán al mar, de prados y valles, árboles y rocas.
La cualidad que se percibe es la de una obra de exquisita autografía: véanse los reflejos sobre el agua, la minuciosidad descriptiva de la ruina en cada piedra e incluso en las huellas de decoración sobre los arcos superiores, las pinceladas de blanco que son destellos de luz.
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