Segunda mitad del siglo XVI - primera mitad del XVII
Retrato masculino
Óleo sobre lienzo, 35,5 x 29 cm
Con marco, 49 x 42,5 cm
Doblamente tenso hacia la más votiva introspección, así como hacia la obstinación ejecutiva, el presente cuadro relata poéticamente la facultad de reconocer en los ojos humanos los movimientos del alma. La aparente rapidez de ejecución que distingue el lienzo, carente de líneas ejecutivas de fuerza, se acentúa en la formulación vibrante de la materia pictórica, capaz de difundirse a lo largo de los planos, en un continuo disolverse de luz. Una rápida suavidad caracteriza el encarnado y la barba del retratado, apenas avivado por un cálido rubor en las mejillas que empuja al brillo el cuerpo vítreo del ojo.
Una iluminación plana del primer plano aísla como protagonista la dimensión espiritual del hombre, aquí limitado a capucha oscura y ademán de bastón, sellando su participación en la esfera mística.
Las pequeñas precisiones citadas permiten hipotetizar el retrato de un santo, de un monje franciscano o, en concreto, de un apóstol ya investido por Pentecostés.
Superada la concepción humanística del retrato como documento concretizador de la sola realidad histórica, al final del siglo XVI la memoria personal relativa y estrechamente unida al personaje individual dejó traslucir una elevación intrínseca, capaz de restituir no solo la esencia física, sino también la solidez intelectual de aquel que se intentaba fijar en la eternidad. La variación compositiva destinada a preferir el posicionamiento del protagonista frontalmente y ya no de perfil, entregó a los pintores la posibilidad de indagar icásticamente lo que no se podía observar normalmente a simple vista.