Apertura ricerca...

Retrato

Codice: 391502
Aggiungi ai preferiti
Autor: Francesco Liani
Época: Siglo XVIII
Categoría: Retrato
Expositor
Leonide Gianluca
Ver todos los artículos del vendedor
Via Castruccio Castracani 30, Sarzana (SP (La Spezia)), Italia
+39 3294508441
http://www.leonidegianluca.com
Retrato  Traducido
Descripción:
Francesco Liani (Borgo San Donnino 1712 – Nápoles después de 1783) Retrato femenino Óleo sobre lienzo 81 x 69,5 cm Alrededor de 1745 colección privada estado de conservación: excelente bibliografía inédita Un apogeo borbónico de Francesco Liani Quien conozca la civilización del siglo XVIII en Nápoles sabe bien que el de los retratos es el filón más prometedor y estimulante de la pintura y de la escultura de la época borbónica. Pero también es de los más difíciles: no sólo en orden al reconocimiento, siempre arriesgado y resbaladizo, de los efigiados cuanto, evidentemente, por las atribuciones. Si es cierto que, incluso a la luz de los últimos estudios sobre el mayor pintor del siglo, Francesco Solimena (1657-1747), su valía en este sector es para repensar y relanzar; es necesario detallar mejor, inmediatamente después, los catálogos de maestros de primer y segundo nivel orbitando en el taller de Solimena: desde De Mura mismo a Giuseppe Bonito, a Gaspare Traversi, hasta Francesco Liani con quien entramos directamente en juego. Esto sólo para limitarse a la pintura. Ahora, hecho objeto de una atentísima limpieza que lo ha devuelto a caracteres de ejemplar viveza este retrato, hacia la mitad del siglo XVIII, es un destilado ejemplar, un campeón, del talento de un maestro como Liani: clase 1712, emiliano de nacimiento, precisamente fidentino pero de adopción y amplio éxito meridionales. Al punto que la iconografía borbónica, en su canal oficial además de en las derivas de carácter más cordial e intimista, precipita sustancialmente en el corpus de Liani, emiliano de nacimiento y meridional de adopción. Para colocar, si el análisis de las formas no miente, justo a mitad de camino entre la tradición de aliento europeo de Solimena y los incrementos expresivos del pintor stabiese Giuseppe Bonito (1707-1789), el pintura se impone a la atención mientras, en época de social media, el filón del retrato, notoriamente entre los más hostiles, conoce un nuevo, inusitado revival. Que la obra respecto al Solimena maduro parece no obstante por excluir: no tanto por razones de calidad cuanto, propiamente, por idioma. Por no hablar de comparsas de empuje como Carlo Amalfi (1707-1787), a quien también corresponde el retrato del Príncipe de Sangro en la Capilla Sansevero en Nápoles. A bien ver aquí nos encontramos frente a un Solimena más secado y compuesto; irregularizado pero para nada apagado o domado dentro la atención al diseño de quien, aunque despegado en la escena napolitana, conservaba aún siempre una irrevocable matriz emiliana. Podríamos decir que el autor de nuestro cuadro declina una versión de Solimena más compuesta y tardía. Como de un Solimena (o mejor aún un Bonito) con la camisa limpia. Estamos, en resumen, más bien por la zona de un retratista de corte como el alemán Anton Raphael Mengs, que desaparece, después de una larga estancia entre Roma y Nápoles, en 1779 y de quien Liani conocía bien las obras. Se mire el detalle morelliano de la mano, que no se reencontraría similar en ninguno de los napolitanos, mientras es incluso superponible a aquella del retrato de Liani de María Amalia de Sajonia (1724 – 1760), casada con Carlos III y reina de Nápoles y Sicilia desde 1738 al '59. El nombre de Liani, en nuestro caso, es confirmado por las comparaciones con los retratos celebérrimos de Carlos de Borbón y de la consorte conservados en la pinacoteca de Capodimonte en Nápoles; así como, para alzar la mirada más allá de los sitios napolitanos, recuerda la rendición naturalística del rostro de la mujer la serie pungentísima de los infantes borbónicos: uno de los tesoros de las colecciones del Museo Campano de Capua, entre las más importantes y desconocidas de la Italia meridional. Pero el golpe de genio de la pintura está en su aparente dicotomía: si, por un lado, el esplendor de los vestidos y el cuidado con que son pintados, aluden al linaje de la retratada; por otro lado todo el impuesto del retrato depone a favor de una desarmante naturalidad. Enfrascado con la figura retórica del oxímoron Liani resuelve el retrato entre la increíble acribia con que son rendidas las vestiduras reales y la sinceridad de la pose. Como decir: el máximo de la naturalidad obtenido a pesar del máximo del artificio. Una lección que, por inciso, no estaría mal pasase en las convenciones cotidianas de los forzados del selfie. No conocemos la identidad de la mujer que se nos ofrece con elegancia informal; y es una pena. Inmediatamente la mirada encuentra, a la ribalta de la tela, la manta rosa guarnecida de piel, que se frange a la derecha como una onda y es rendida con notable virtuosismo. Bajo el efecto del chorro luminoso que cae desde la izquierda la mano, dibujada con cuidado, dirige la atención al trabajo de bordado del vestido azul. El confortante escote que se escuaderna en la parte superior compone un ejercicio tono sobre tono: del blanco del polvo sobre las carnes a los bordados de la camisa (que celan el seno sin esconderlo). Finalmente he aquí el rostro de tres cuartos: que, cogido casi por sorpresa por el objetivo del fotógrafo, dispara hacia un punto de vista que excluye pero solicita nuestra mirada. Podríamos continuar en un análisis más sedulo de la retratada, de los labios de un rojo vivo que se enciende, en la página en alto, como una nota sospechada. Pero desde ahora es lícito aseverar que, como en el siglo XVII algunas de las mayores experimentaciones en el campo de la pintura de diseño naturalístico y barroco, ocurran en la naturaleza muerta; así, igualamente, en el siglo de las Luces, es necesario reconocer que las mayores escogitaciones formales se verifiquen, no sólo en los compartimentos de la pintura sacra y de historia cuanto en aquel de la retratística áulica y de tono mundano que son, especialmente hoy, a nosotros más familiares. En resumen: la pintura no es sólo una adición de peso al catálogo genuino de Liani. Pero es también una prueba, si hiciera falta, de cómo aquel del retrato sea un campo abierto de experimentaciones. Reportada desde una reciente limpieza al mejor grado de legibilidad como se ve desde las fotos reportadas al pie, la obra merece de reabrir, al nivel más alto, el dossier de la retrattistica borbónica. Difícil arrojar una cronología precisa; pero todo deja creer que nos encontramos hacia la mitad del siglo como confirma la comparación con el supremo retrato de la Baronesa de Lusciano de Solimena, que pertenece ya a los años '40 y que comparte la gran idea del manto que da vueltas de lado. Atestado en Nápoles ciertamente en 1755 y quizás descendido al séquito del parmense Clementa Ruta, de Liani no se conoce prácticamente nada de los esordios padanos. Modernamente su fortuna va toda medida en el arquito de años que conduce a la muestra “Civiltà del ‘700 a Nápoles”, la más importante exposición tenida en Italia al final del siglo pasado, curada por Raffaello Causa en las salas de Capodimonte en 1979; y es una fortuna esta de Liani – no se lo olvide – madurada en las filas del taller de un historiador de arte y escritor como Roberto Longhi (1890 – 1970). Es en las páginas de la revista “Paragone”, la puerta grande de los estudios de historia del arte de diseño formalístico en Italia, que ocurre la consagración del pintor con un artículo monográfico del joven Nicola Spinosa. Compararon entonces al menos una docena de autógrafos del pintor. En el reciente realestecimiento de la Pinacoteca de Capodimonte (2022), curado también por quien escribe, los retratos ecuestres de Liani Carlos de Borbón y María Amalia de Sajonia se reconfirman, no sólo entre las obras maestras de la retrattistica de tono áulico, sino entre los signos aún vivos de la regia setecentesca dentro de la cual, en 1957, será ubicada la máxima pinacoteca napolitana.  Traducido