Giuseppe Bernardino Bison (Palmanova 1762 - Milán 1844) "Paisaje montañoso con escena de entretenimiento" témpera sobre lienzo.
cm 33,5x44,5
Autenticación del Dr. Fabrizio Magani
Hace más de veinte años (1997) tuve la oportunidad de interceptar un grupo de cuadros en posesión de un heredero directo del pintor Giuseppe Bernardino Bison (Milán, colección privada). Vistas fluviales y arquitecturas, evidentemente interpretadas al gusto del maestro; una invitación, casi, a reflexionar sobre la claridad del diseño, pero aún no asentadas en el espíritu de su estilo más reconocible.
Más recientemente (2004) me encontré con otras dos pinturas - un Paisaje marino al atardecer y un Paisaje fluvial (óleo sobre lienzo, respectivamente cm 49,5 x 37,5 y cm 49,5 x 38) - ciertamente para alinear con el grupo milanés, que tiene la ventaja de haber pasado de mano en mano en la familia Bison.
De hecho, el artista se había establecido en la capital lombarda en 1831, dejando el entorno veneto-juliano que le había garantizado el éxito.
El intento de exhibir su talento también en el género de la representación vedutista y paisajística fue recibido por el nuevo público con inesperadas respuestas positivas. Incluso al final de su carrera supo reafirmar con sabiduría la vocación hacia el virtuosismo compositivo y la transparencia de los virajes cromáticos, cualidades que transmitió a su hijo Giuseppe, que sin duda estuvo cerca de él en la profesión.
Las pinturas de las que hablo están unidas por la misma elección temática y muestran la limpidez de la textura cromática; la tipología compositiva y estilística que se querrían referir a la introducción, por así decirlo, del catálogo de Giuseppe Bernardino Bison, el célebre artista de origen friulano que supo fundir la herencia del siglo XVIII en un siglo, como lo fue el XIX, abierto a la experimentación de nuevos contenidos y géneros.
Ahora se añade este nuevo cuadro, que no dudo en unir a la sensibilidad volátil y a la claridad didáctica propias del espíritu del siglo XVIII.
La pincelada fluida condensada en manchas, con la que están realizadas las figuras, representa la cifra estilística para proponer la paternidad del maestro. Es su particular aptitud, tan feliz e inmediata, la que le lleva a acercarse a la naturaleza en los momentos claros y tranquilos del día, a lanzar la mirada sobre el paisaje, a registrar con originalidad las vibraciones emotivas de los instantes de la vida.
La verosimilitud es tal que hace que hablen esos fragmentos de naturaleza, que Bison, con extraordinaria improvisación, licenciaba con una prontitud que no tiene comparación en el transcurso de la primera parte del siglo XIX.
Es casi como si fuera un sueño de juventud y felicidad que acompaña al artista durante su recorrido profesional - y por lo tanto en el repertorio - y me parece que una tal reflexión puede hacer comprender, esta vez, la propuesta de una datación temprana, como si la misma poética del siglo XVIII del capricho paisajístico, de la que depende la libre combinación de lugares y figuras en la clara conciencia del triunfo de la invención, pueda llevarnos a ese horizonte lejano del pintor, aún no perfectamente reconstruido.
El maestro parece ya saber encerrar y controlar toda la tradición del paisajismo veneciano del siglo XVIII, para testimoniar su sólido prestigio, con los arreglos propios de un género muy particular que dilata la representación en las zonas de la pintoresca fantasía.
Oui Bison demuestra toda la destreza personal, con la capacidad de conferir a los pocos elementos de los que están compuestos ciertos cuadros la impalpable densidad luminosa y la esencia de la verdad; aun siendo un epígono, sin duda al artista le corresponde el primado en cuanto a la técnica entre los pintores de género de la generación activa entre los dos siglos.
Es prueba convincente nuestro cuadro, casi como si el gesto pictórico hubiera logrado acompañar el destello de la invención: Bison compone rápidamente vistas completamente verosímiles, y el fulcro óptico está constituido por las carreras hacia paisajes de aguas, montes y campiñas animados por excéntricas comparsas.
La profundidad espacial está compuesta en formas nítidas, solidificadas por una luz conmovida que empapa los colores, casi sobre la tierra se hubiera perpetuado un cielo estival, auténtico banco de prueba en la imitación de las atmósferas canalettianas, riccescas y zuccarellianas.
Bison se muestra experto en conferir a los atisbos una suerte de metafísica suspensión; él, sin embargo, se confía a la descripción de un lugar que vive su cotidiana transformación, la irriga de una belleza tierna y delicada, propia, se diría, de una natural melancolía.
El artista, en sus característicos cuadros de paisaje de pequeño y mediano formato, parece realizar un inimitable informe de viaje, como si tomara cuerpo el gusto curioso de un turista de la época atraído por la naturaleza y por sus presencias.
El horizonte es indudablemente modesto respecto a los resplandores del paisaje lagunar, y sin embargo esa intimidad subrayada por la complicidad de las miradas entre el pintor y el espectador confiere un sabor muy particular y doméstico a la escena animada por las figuras, dedicadas a las ocupaciones del cotidiano: una suerte de souvenir de una escapada al campo, casi un contrapunto de las célebres vistas de
Venezia.
Como un hábil director, él capta el sentido del movimiento y de la luz en el interior de una coreografía natural que estilísticamente parece remitirse, se decía, a la fase originaria de la experiencia artística, que encuentra un preciso y afortunado término de comparación en la manera expresada en la Sala dei Paesaggi en el Palazzo Manzoni de Padua, en la época de la decoración habitado por la noble veneciana Elisabetta Maffetti, que he ritenuto de datar hacia el 1792 sobre la base de precisa interpretación documentaria (F. Magani, Giuseppe Bernardino Bison, Soncino 1993, pp.44-46; D. Tosato, en Affreschi nei palazzi di Padova. Il Sei e Settecento, a cura di V. Mancini, A. Tomezzoli, D. Ton, Verona 2018, pp.373-380). Pero también de algunos años antes podrían ser la invención y la ejecución, si imaginamos cómo las primeras interpretaciones paisajísticas se iban ya atestiguando sobre el fin de los años ochenta del Siglo XVIII.
De hecho, debemos remontarnos aún a las confirmaciones de Aldo Rizzi, que en el Paisaje con osteria y la
Festa agreste individuava firma y fecha 1787.
Sobre la formación de Giuseppe Bernardino Bison, me he dedicado en el estudio preparado para la última muestra antológica dedicada al pintor (las mejores contribuciones de investigación, me parece, han confluido en Giuseppe Bernardino Bison pittore e disegnatore, catálogo de la muestra a cura di G.
Bergamini, F. Magani, G. Pavanello, Milano 1997).
Comprendemos enseguida que el joven pintor se dedica a cuadros de caballete en paralelo a la principal actividad de ayuda en el fresco de interiores.
Los últimos años ochenta y los primeros noventa son decisivos para la carrera del artista, después del aprendizaje en la Accademia veneciana: está cerca del arquitecto neoclásico Giannantonio Selva y del escenógrafo decorador Antonio Mauro, trabajando en Brescia, Ferrara y en Padua, donde se cruza con la comisión excelente de Tommaso degli Obizzi, para el cual opera en el palacio de la ciudad y en el Castillo del Catajo.
Una impronta exquisitamente escenográfica caracteriza también el cuadro aquí presentado: la construcción que acompaña la mirada con ritmo serrado, casi a seguir el ascenso del puente lígneo y la calle hacia los montes.
La obra colpisce infatti per la sua originalità: si tratta di un apparato di grande evidenza illusiva, per via di quel fluire della natura che rende ambigua la verit della scorcio.
La sensibilidad da apparato effimero che ha animato l'invenzione del maestro si dispiega, come si diceva, in una articolata regia scenica, virtuosisticamente posizionata sul registro di una rappresentazione di gusto quasi sacro, con quella donna a destra avvicinata dal suo bambino, un'idea che compare spesso in questa prima fase e che pare alludere a una classica rappresentazione della Carità.
El partido decorativo infatti si concentra nell'atmosfera rarefatta dalla quale appare, è il caso di dire, l'immagine iconica del paesaggio. È come se la tradizione scenografica barocca fosse stata richiamata per dare risalto a quell'apparizione.
Nell'impianto si ritualizza, dunque, una lontana esperienza. Perciò abbiamo identificato il maestro in Giuseppe Bernardino Bison, artista singolare e capace, in oltre sessant'anni di intensa operosità, di allargare il proprio bagaglio di competenze - cimentandosi in diversi generi - e di porsi in bilico fra due mondi, raccogliendo cioè da un lato l'eredità tardobarocca e dall'altro facendosi prossimo ai pensieri nuovi dell'età neoclassica.
Soprattutto l'attività condotta per circa trent'anni dagli inizi del XIX secolo nella piazza triestina conferma la sua posizione di maestro di prima grandezza, per essere stato in grado di toccare molti generi e registri di stile. La tipica pennellata dell'artista, qui graffiante più che mai per via del tocco rapido proprio del bozzetto, si accompagna ad un'inventiva fuori del comune.
Come in altri casi in cui Bison aveva dimostrato una non comune abilità nel ridurre ai piaceri "da camera" i generi illustri della tradizione, fossero essi connessi all'ambito della decorazione d'interni o al versante seducente del paesaggio, anche nella presente versione il soggetto viene arricchito da umori propri del virtuosistico ornamento.
El dipinto dimostra quanto fosse determinante in Bison la componente scenografica nell'elaborazione di questo particolare genere. Anche qui la composizione crea un rapporto ideale tra sala e palcoscenico con lo scorcio "in obliquio" che, nella prassi teatral, avrebbe congiunto il fondale al proscenio, bloccando l'attenzione en un preciso lugar dello spazio agibile da virtuali attori.
Por ragioni estilísticas appare assai convincente una datazione ai primi anni dell'esperienza bisoniana, intorno al penultimo decennio del Settecento. En questo modo si potrà rilevare l'importanza di decoratori come il Chiarottini nell'esperienza formativa di Bison, per quell'invenzione di scenari immaginari, di luoghi del paesaggio costruiti dalla vivacità dell'invenzione piuttosto che dal callcolo e dalla progettazione. Del resto lo mismo Chiarottini era stato definito "architetto" nei diplomi che lo accoglievano nelle Accademie di Firenze e Bologna, tra 1786 e 1787 (C. Mutinelli, Francesco Chiarottini pittore cividalese, "Atti dell'Accademia di Scienze, Lettere e Arti di Udine", XI, 1948 - 1951, pp. 291 - 292; M. Vuerich, Su Francesco
Chiarottini pittore di scenografie, "Arte Documento", 7, 1993, pp. 201 - 207; M. De Grassi, Francesco Chiarottini scenografo e decoratore, in Ottocento di frontiera. Gorizia 1780 - 1850. Arte e Cultura, catalogo della mostra (Gorizia, 14 luglio 1995 - 31 dicembre 1995), Milano 1995, p. 41).
Naturalmente il riferimento allude alla sua specializzazione in pittura prospettica, ma è significativo che i contemporanei ne avessero quasi rilevato l'aspirazione alla progettualità, come si può notare nella Veduta prospettica dipinta in palazzo Brosadola di Cividale. Sembra che l'artista abbia voluto dilatare su una scala dimensionale rilevante, propria dell'affresco, la natura schietta e spontanea di chi pratica il vedutismo derivandolo dalla verit della natura e suscitarne cos l'anima pittoresca.
Si pu dire che Chiarottini e Bison siano uniti nell'eredit figurativa settecentesca. Antonio Mauro aveva apprezzato le scenografie dipinte dal cividalese nel teatro di Udine, ed egli era stato a Venezia anche il maestro di Giuseppe Bernardino Bison, col quale aveva pure lavorato nel teatro degli Obizzi di Padova (1787).
A Trieste, dove il pittore si trasferì alla fine del secolo, iniziò un' escalation che lo port a prendere parte a tutte le imprese decorative pi importanti, ma soprattutto a dedicarsi a un numero ancora imprecisato di dipinti, ai quali corrispondono altrettanti soggetti che solo recentemente si è tentato di classificare per generi. Certamente nella citt giuliana pot vedere le opere del Chiarottini in casa Gadola e in "alcuni fondaci mercantili", per non parlare delle decorazioni del teatro di Gorizia dove
Bison intervenne a sovrapporsi ai precedenti ornati proprio del Chiarottini (1782).
Fabrizio Magani