Siglo XVII
Columnas salomónicas con uvas y hojas
Madera pintada y dorada, 183 x 23 x 22 cm
La evolución de la columna salomónica representa uno de los capítulos más fascinantes de la historia de la arquitectura, encarnando un dinamismo plástico que desafía la estaticidad de la materia. Manufactos como el par de principios del siglo XVII en madera pintada y dorada que aquí se analizan, testimonian la excepcional pericia alcanzada por los ebanistas italianos, capaces de traducir en un impulso vital una estructura de compleja elaboración técnica. El fuste, que se retuerce sobre sí mismo, aligerado por una espiral perpetua, encuentra sus raíces legendarias en el Templo de Jerusalén. Definida "salomónica" porque la tradición cristiana la consideraba el elemento arquitectónico sugerido directamente por Dios a Salomón en el siglo X a.C., esta forma se cargó de un aura de arquitectura divina. Aunque ya se empleó en la época imperial romana, especialmente en la decoración de sarcófagos como variante expresiva del fuste longilíneo clásico, su consagración simbólica tuvo lugar tras la destrucción del templo. Fue el emperador Constantino quien donó a la Basílica de San Pedro las célebres columnas de mármol de Paros que habrían constituido la antigua Pergula, un núcleo original ampliado luego a doce elementos por el papa Gregorio III a lo largo de los siglos. A través de la época románica, la columna salomónica mantuvo una difusión capilar en los claustros y portales, para luego sufrir un eclipse parcial durante el Renacimiento, cuando la recuperación rigurosa de la clasicidad impuso nuevamente la predominancia del fuste liso o acanalado. Sin embargo, el inicio del siglo XVI marcó su renacimiento monumental en Roma, manifestándose primero en las invenciones pictóricas de Rafael y su escuela, para luego desembocar en las experimentaciones suntuosas de la arquitectura manierista. El apogeo de la complejidad semántica se alcanzó finalmente con el Barroco, encontrando en 1624 su máxima expresión en el colosal Baldaquino de bronce de Gian Lorenzo Bernini en San Pedro. En tal contexto, la columna no solo funge de soporte, sino que se convierte en metáfora del triunfo del espíritu. La decoración a base de sarmientos y racimos de uva, visible en la policromía de los manufactos de madera del siglo XVII, enriquece la obra con estratificaciones alegóricas: si en clave profana evoca la opulencia dionisíaca, en el Evangelio de Juan simboliza la unión mística entre los fieles y Cristo, fuente de vida verdadera. Las hojas y los granos, representados con vigor escultórico, transforman el elemento arquitectónico en un cuerpo vibrante donde el oro de los capiteles y los sarmientos dialoga con las tonalidades pardas del fuste, celebrando un ideal de bienestar y bendición que atraviesa los milenios.