Pintor napolitano activo en el siglo XVIII, San Nicolás y el milagro del ladrillo
Óleo sobre lienzo; cm H 136 x L 109 x P 10. Bastidor cm H 100 x L 74
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El cuadro, realizado al óleo sobre lienzo y presentado dentro de un marco de madera moldurado, lacado y dorado en estilo del siglo XVII, representa a San Nicolás participando en el Concilio de Nicea y defendiendo el dogma de la consustancialidad mediante el milagro del ladrillo. El tema es raramente tratado en la pintura y se refiere a la presunta presencia de San Nicolás de Myra (hoy Bari) en el Concilio de Nicea del 325 ante el emperador Constantino. Según la tradición, durante el concilio San Nicolás habría condenado duramente el Arrianismo, defendiendo la ortodoxia y haciendo ocurrir un milagro.
El emperador Constantino I había querido el primer concilio ecuménico del mundo cristiano, preocupado por las disensiones internas de carácter religioso que se habían producido con la difusión de la doctrina del sacerdote Arrio de Alejandría de Egipto, que excluía la divinidad de Jesús, sosteniendo que solo el Padre es verdaderamente Dios, mientras que el Hijo no es eterno, ha nacido en el tiempo: antes de ser creado por el Padre no existía.
En el concilio participaron los obispos del imperio y se hipotetiza la participación también de San Nicolás, considerando la escasa distancia entre Myra y Nicea y la fama de la que él ya gozaba. En su "Historia di S. Nicolò" (Nápoles 1620) el historiador y teólogo Antonio Beatillo refiere que para poner fin a las discordias sobre la naturaleza de la Trinidad, Nicolás tomó en mano un ladrillo y explicó que para componerlo son tierra, agua y fuego: pero esto no contradice el hecho de que el ladrillo exista como ladrillo. Lo mismo debía entenderse para Padre, Hijo y Espíritu Santo, fundidos en la Trinidad. Contextualmente ocurrió el milagro: del ladrillo “brilló una llama que subió al cielo, brotó agua al suelo, quedándole la arcilla en las manos”.
En el cuadro se describe exactamente el momento milagroso en el que, del ladrillo sostenido por San Nicolás, y colocado en el centro de la composición, se enciende el fuego superiormente y brota agua hacia tierra. Alrededor, asisten sorprendidos los otros obispos, identificables por la mitra que llevan en la cabeza, y otros religiosos y filósofos. A la derecha, en posición elevada sobre un elemento arquitectónico esculpido en bajorrelieve, se encuentra Constantino, quien reacciona con asombro al milagro, indicando el ladrillo con el brazo izquierdo. La escena se desarrolla dentro de un edificio con columnas estriadas y baldaquino sobre el cual se envuelve un voluminoso paño para subrayar la importancia del trono.
El cuadro, de bella calidad artística, es obra de un pintor activo en Nápoles en el siglo XVIII, como sugiere el análisis del estilo con el que se resuelve la composición y la expresividad de los personajes. La obra, además de ser significativa por el tema raro y de valor histórico-teológico, resulta igualmente decorativa gracias al uso de una paleta cromática vivaz y bien equilibrada.