Escuela romana, finales del siglo XVI - principios del siglo XVII
Madonna orante
Óleo sobre lienzo, 81 x 69 cm - con marco 83 x 95,5 cm
Un candor divino reverbera con vibrante lucidez sobre el maphorion de la presente Virgen. La iridiscencia palpable que estructura su sutil vestidura rosácea, tejida con la misma fresca luz, produce un leve susurro al elevarse sus manos. La Madonna se muestra, de hecho, orante, abriendo las palmas para subrayar la ferviente intención estática; el cándido cuello se representa con perita plenitud de pigmentos, al igual que las manos, perfectamente vivas, y los ojos lucidísimos. Con fina diligencia, el artista de la presente obra adorna las cabelleras de la Virgen a través de sutiles cintas blancas, exacerbando la pureza. Un evocador claror recae dulcemente sobre el medio busto, signo materializado de la gloria divina.
La presente obra es reconducible al clima tardo manierista que dominó en la capital tras la promulgación del Concilio de Trento (1545-1563). Las licencias tardomanieristas que aún se vislumbran, como el intenso lirismo en la cifra estilística adoptada por el artista, se insertan en el nuevo intento catequético de fondo, que al final del siglo produjo un cierto rigorismo figurativo. La presente obra responde, sin embargo, todavía de aquel extraordinario dinamismo romano que elevó la capital a baluarte para toda la lección manierista, igualada sólo por un segundo centro artístico, el florentino. El conmovedor transporte de la Virgen refleja los ejemplos coetáneos de Giuseppe Valeriano (1542-1596), pintor jesuita, que restituye en el Matrimonio de la Virgen de la Iglesia del Gesù romana, así como en la Madonna addolorata de la Pala de Recanati igual ardor. Pero es en la Asunción de la Virgen pintada a cuatro manos con Scipione Pulzone (1540/2-1584) donde la presente obra revela mayor asonancia. Valeriano se dedicó a la decoración de la Capilla de la Madonna della Strada dentro de la Iglesia del Gesù, junto con Pulzone, con siete pinturas inherentes a las Historias de la Virgen; la Presentación al Templo, en particular, ofrece la misma brillantez de vestiduras que pertenece también a la presente, de lucidísima licuefacción sobre los brazos extendidos del sacerdote. La gestualidad de la Virgen, de explícita inmediatez, es además igual a la de la agitada Virgen anunciada de Marcello Venusti (1512/5-1579) del Rijksmuseum de Ámsterdam. Corresponde todavía a una obra de Scipione Pulzone, la Inmaculada para la Iglesia de S. Francesco de Ronciglione (hoy Museo de Palazzo Doebbing) la referencia entrelazable, con el cuadro en cuestión, por el pleno rostro de la Madonna. La significativa pluralidad de direcciones que se produjo en la zona pontificia al término del siglo, animada por la necesidad de difundir el programa cultural de nuevas cofradías y órdenes religiosas, justifica también el recuerdo de Federico Barocci (1528-1612), significativamente afín a Raffaellino Motta, llamado da Reggio (1550-1578) en el colorido. Las vivas modulaciones de la gama cromática, aquí con tonos rosados dominantes, fueron de hecho buscadas, primero de todos, por Barocci, campeón de la época de la Contrarreforma; se citen, para Barocci, la celebérrima Madonna de las cerezas, mientras que para Motta el Tobiolo y el ángel (Galería Borghese, Roma), de noble e inmediata lucidez como la presente Madonna.
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