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Escuela emiliana, siglo XVIII, Madonna con el Niño

Codice: 455333
3.600
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Época: Siglo XVIII
Categoría: Pinturas Religiosas
Expositor
Ars Antiqua SRL
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Via Pisacane, 55, Milano (MI (Milano)), Italia
+39 02 29529057
http://www.arsantiquasrl.com
Escuela emiliana, siglo XVIII, Madonna con el Niño 
Descripción:
Escuela emiliana, siglo XVIII Madonna con el Niño Óleo sobre lienzo, 40 x 31 cm Marco, 54 x 44 cm El cuadro en cuestión representa una refinada e íntima Madonna con el Niño, representada a medio cuerpo y concebida para la devoción doméstica o de alcoba. La obra se inserta con absoluta coherencia y rigor formal en la producción de la escuela emiliana —y específicamente boloñesa— de la primera mitad del siglo XVIII, momento en el que la herencia académica clementina evoluciona hacia instancias de gracia y medido sentimentalismo de corte arcádico. La estructura compositiva se asienta sobre un modelo de excepcional equilibrio formal, destinado a realzar la ternura de los afectos y la compostura de las figuras. El vocabulario gestual y postural se halla en la inclinación del cabeza de la Virgen, en el escorzo del Niño y, sobre todo, en el elocuente detalle del brazo izquierdo de Jesús, que se extiende hacia atrás para asir con espontaneidad el borde del velo materno cerca del hombro. La técnica pictórica y la sensibilidad cromática delatan una cultura figurativa exquisitamente emiliana. El trazo se presenta compacto, suave y pulido, resuelto a través de pasajes claroscuros de extrema delicadeza fisonómica que difuminan los encarnados sin caer en contrastes plásticos violentos. El óvalo inmaculado de la Virgen, la ligera sombra que vela sus párpados caídos y el tratamiento anatómico suave y modelado del Niño evocan directamente la tradición clasicista boloñesa, orientada hacia los modelos de principios de siglo de Marcantonio Franceschini (1648-1729) y del círculo de Carlo Cignani, maestros capaces de traducir la herencia reniana en formas de gusto purista y esmaltado. La armonía cromática, jugada sobre la tradicional contraposición entre el azul profundo del manto (cuyo drapeado busca amplitudes monumentales pero compuestas) y las tonalidades apagadas de la veste rosa antiguo y del velo ocre, contribuye a determinar una atmósfera de íntimo recogimiento, desprovista de las explosiones teatrales típicas del barroco o de las exageraciones patéticas de otras escuelas coetáneas. Por tanto, la obra se califica como un testimonio significativo de aquel gusto clasicista y elegante que eligió la vía de la gracia medida y del dibujo ideal como supremo canon formal de la pintura devocional del pleno siglo XVIII.