Botteghe Granducali, siglo XIX, Mesita con tablero de mármoles incrustados
Descripción:
Botteghe Granducali, siglo XIX
Mesita con tablero de mármoles incrustados
Tablero, diám. cm 65X2
Mesa, cm 82,5X72
Esta refinada mesita circular, fruto de la maestría de un taller florentino del siglo XIX, encarna la sublime síntesis entre ebanistería de prestigio y el arte milenario del *commesso* en piedras duras. El tablero es una obra maestra cromática y compositiva: sobre una base de mármol negro pulido, florece una elaborada taracea floral. El ramo central, dominado por una cándida rosa y rodeado de jazmines amarillos y blancos, está rodeado por seis ramitos satélite, entre los que se reconocen delicadas rositas rosas, nomeolvides de un azul intenso, campanillas blancas y vivaces corolas anaranjadas. La técnica del "commesso florentino", o "pintura de piedra", aquí magistralmente ejecutada, hunde sus raíces en la Florencia de la segunda mitad del siglo XVI, evolucionando del *opus sectile* romano gracias a la pasión humanista por lo antiguo. Fue la visión preclara de la familia Médici la que intuyó las potencialidades artísticas de esta técnica, transformándola de mero revestimiento arquitectónico, como ocurría en Roma, en una refinada forma de arte aplicado a los mobiliarios más suntuosos. En 1588, el Gran Duque Fernando I instituyó el Opificio de las piedras duras, una manufactura estatal que reunía a mosaicistas y talladores, garantizando a la dinastía medicea la exclusividad sobre estas creaciones extraordinarias, celebradas por sus efectos pictóricos y la perfección ejecutiva. El término "commesso", derivado del latín "committere" (juntar), describe perfectamente la pericia de los artesanos al cortar y dar forma a mármoles coloreados y piedras duras -como dïaspros, ágatas, lapislázulis- siguiendo un diseño preparatorio acuarelado y ensamblándolos con una precisión tal que hace invisibles las uniones, diferenciándose netamente del mosaico tradicional. Un arte lento y paciente, donde solo la mano y el ojo del maestro podían seleccionar las justas tonalidades pedregosas, a menudo utilizando piedras locales como el "verde Arno", y cortarlas con un arco rudimentario de alambre de hierro dulce, una técnica que ha permanecido prácticamente inalterada a lo largo de los siglos y refractaria a cualquier automatización. Si la fastuosa Capilla de los Príncipes en San Lorenzo representa la culminación monumental de esta tradición, artefactos de altísima calidad como esta mesita del siglo XIX atestiguan la persistencia del gusto y la maestría florentina a lo largo del tiempo. El tablero reposa sobre una base de trípode de madera ricamente tallada y dorada con pan de oro, que culmina en volutas en espiral y decoraciones de hojarasca, típicas del gusto ecléctico del siglo XIX, confiriendo al conjunto una estabilidad sólida y un aura de opulenta preciosidad. El fuste central, también dorado, presenta un original nódulo decorado con esmaltes polícromos en azul y verde, subrayando la selectividad de los materiales y la complejidad del trabajo.