"Apolo"
Óleo sobre lienzo
Finales del siglo XVIII
Lienzo 50 x 60 cm
Marco 64 x 74 cm
Excelentes condiciones
Apolo es la divinidad que más que ninguna otra encarna la esencia del mundo griego: complejo, polifacético, capaz de llevar salvación o destrucción.
Su culto se extendió por todos los rincones de Grecia hasta llegar a Roma.
El principal centro de su culto residía en Delfos, sede de su oráculo más célebre.
Hijo de Zeus y hermano gemelo de Artemisa, ningún dios de la mitología griega está asociado a una serie tan importante y variada de expresiones de la existencia humana como Apolo.
Él es el Dios del Arte y la Música, de la Luz y el Sol, de la Belleza, la Sabiduría y la Profecía, pero también de la Guerra y la Medicina.
Apolo es protagonista de amores míticos, a menudo trágicos, siendo los más famosos el de la ninfa Dafne, transformada en laurel para escapar de él, y el del joven príncipe espartano Jacinto. Este último murió fatalmente durante una competición de lanzamiento de disco, desviado por un soplo del dios Céfiro, celoso de la relación homosexual entre los dos bellísimos amantes.
A pesar de su aspecto luminoso, Apolo es también el dios del castigo despiadado. Él causa la muerte de Patroclo en la Ilíada, interviniendo invisiblemente en el duelo con Héctor y desatando la ira de Aquiles, y inflige una cruel tortura a Marsias, quien se había atrevido a desafiarlo en una competición musical, terminando por ser desollado vivo.
Junto al poder destructivo, Apolo posee una función benéfica: la de curar y purificar. En los mitos, Apolo aparece a menudo como aquel que libera la tierra de monstruos y trae orden y civilización, fundando ciudades y construyendo templos.
En el arte antiguo se le representa siempre con las facciones de un joven atlético, alto, hermoso y con largos cabellos rizados.
El cuadro aquí presentado lo muestra semidesnudo y sentado, sosteniendo la inconfundible lira con la mano izquierda y una corona de laurel con la derecha.
Su rostro es el ideal supremo de la belleza masculina y transmite serenidad y armonía, caracterizado por rasgos afeminados y lampiños.
Es la expresión típica del equilibrio clásico y de la perfección olímpica.
Viste únicamente una túnica que le cubre los hombros y las partes íntimas, y calza sandalias en los pies. Abre los brazos para ofrecer su cuerpo sensual al espectador.
Abajo descansan los símbolos de la música, la escultura, la pintura y la poesía.
La imagen de extrema gracia se vuelve aún más fascinante por el fondo muy particular del lienzo. La espléndida figura de Apolo está suspendida en el cielo gris y nublado, en una atmósfera inquietante que, además de recordar la versión despiadada del Dios, lo ilumina en un magnífico efecto tridimensional.
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