Pintura redonda de 130 cm de diámetro y con unas dimensiones de 160 x 160 con un maravilloso marco que representa una alegoría de la Tierra del pintor Felice Cignani (Bolonia 1660 – 1724).
Pintura, óleo sobre lienzo, Cignani, el pintor que la pintó hace aproximadamente 400 años, no pretendía representar nuestro planeta, sino más bien el elemento natural que, junto con el fuego, el aire y el agua, compone el Universo, según la idea del mundo transmitida por los antiguos.
En la pintura, la Tierra tiene el aspecto de una diosa que gobierna los ciclos de la naturaleza y ofrece generosamente sus frutos a unos querubines que la cuidan, la protegen y trabajan con esmero.
Atractivo impacto cromático con estas tonalidades claras y cálidas que se mezclan con la paz y la tranquilidad de la Naturaleza.
La pintura presenta caracteres típicamente boloñeses; Felice Cignani alcanzó cimas cualitativas excelsas al describir con gracia y sensibilidad el campo emiliano mostrando una clara similitud con las obras de Francesco Albani y su padre Carlo; el lienzo en cuestión es un brillante ejemplo de su arte con una visión real pero idealizada del agro boloñés interpretada con sensibilidad arcádica y concreta clásica.
Las manchas de árboles ejecutadas con pincelada libre y rápida, los colores cálidos bruñidos, la representación atmosférica de los cúmulos de nubes que se elevan, la fisicalidad de los querubines, todo ello en una composición bien equilibrada de sus paisajes de gusto arcádico y pastoral, constituyen los elementos más significativos de su pintura, todos bien representados también en nuestro lienzo.
En la extraordinaria puesta en escena pictórica, cobra gran significado la experta ambientación en un primordial e idílico rincón natural, perfectamente organizado en relación con la animada y numerosa parada de personajes, en la que se imprime un eficaz sentido de movimiento y un hermoso efecto de profundidad.
La composición en cuestión se inspira, aunque con variaciones artísticas y de medida, en la Alegoría de la Tierra conservada en la Galería Sabauda de Turín, que forma parte de un ciclo de cuatro tondos inspirados en los Elementos y ejecutado por Francesco Albani entre 1625 y 1628 para la espléndida colección del cardenal Mauricio de Saboya (hermano del duque Víctor Amadeo I), que había quedado fascinado por las Historias de Venus y Diana realizadas por Albani para Scipione Borghese antes de 1622.
Se trata de composiciones que gozaron de una enorme fortuna crítica y fueron extraordinariamente elogiadas por los coleccionistas europeos por su valor estético y decorativo, en las que el mito y la naturaleza encuentran una plena idealización paisajística.
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Dr. Riccardo Moneghini
Historiador del Arte