Ámbito de Francesco Bertos (1678-1741)
Figuras femeninas cazadoras
(2) Mármol, alt. cm 30
La pareja de esculturas de mármol que aquí presentamos se inscribe dentro de la escultura veneciana de principios del siglo XVIII y, en particular, en el ámbito de Francesco Bertos, escultor y fundidor nacido en los alrededores de Venecia, concretamente en Dolo, a orillas del río Brenta. La reconstrucción de su biografía ha sido muy dificultosa por parte de la crítica, hasta el punto de no poder confirmar con certeza la hipótesis, largamente barajada, de un viaje juvenil a Roma. Un examen más atento, realizado gracias a los nuevos estudios llevados a cabo con motivo de la reciente exposición, a él dedicada, en las Gallerie d’Italia de Vicenza, ha considerado, en cambio, más plausibles los viajes y experiencias en tierra veneciana o en la limítrofe Romaña, delineando así una formación ligada a la tierra de origen, donde operaba el taller de los Bonazza, fundado por su contemporáneo Giovanni, de quien también fue colaborador. Este último fue alumno del artista flamenco Giusto Le Court, activo en Venecia y exponente de aquel virtuosismo de los escultores flamencos y alemanes del siglo XVII que tanto inspiró a Bertos en la minuciosa realización de pequeños grupos escultóricos en bronce y mármol. Otras fuentes de inspiración externas a Venecia fueron las toscanas, como las obras del florentino Giovanni Battista Foggini, escultor y arquitecto coetáneo al servicio de los Medici, y las de corte manierista de Giambologna, cuyas composiciones -como el Rapto a dos figuras (1579)- fueron de inspiración para las esculturas más originales de Bertos. De hecho, su fama se afirmó entre los grandes comitentes europeos, como el zar Pedro el Grande, el rey Carlos Manuel III de Saboya y el dux Alvise Pisani, gracias a obras de formato reducido pero realizadas con minuciosidad y a través de composiciones de extrema complejidad y con una estructura dinámica y libre de expandirse en el espacio. La increíble habilidad técnica de Bertos dejaba estupefactos a sus contemporáneos, hasta el punto de considerar esta maestría casi sobrehumana, atrayendo incluso la atención de la Inquisición, que lo acusó de haber hecho un pacto con el diablo. Además de este virtuosismo técnico, tan decantado, las esculturas de Bertos esconden una dimensión culta, alegórica, mitológica y simbólica que permite interpretarlas como preciosos juegos intelectuales, presentes, por lo demás, también en esta pareja de estatuillas conectadas, además de por el género, también por la temática venatoria, tratada por el artista también en otras esculturas como la Alegoría de la caza en el Palacio Real de Turín. Si una se puede interpretar como Diana, diosa romana de la caza, quizás aquí representada en el acto de secarse después del baño, la otra parecería una divinidad cazadora más cercana a la representación alegórica del continente americano, a menudo representada con arco y flechas y en actitud vigilante y combativa. Las poses dinámicas y fluidas, la exactitud de la elaboración, el formato reducido y la sutileza con que se trata alegóricamente el tema de la caza aparecen, pues, como claras referencias al arte de este escultor y a la cultura del período y de las áreas en que vivió y operó.