Antonio Mascarone y escayolista romano, 1790 ca.
Importante mesa de centro fileteada e incrustada en madera de nogal y abeto chapada en bois de violette, bois de rose, palisandro y arce, con tablero de escayola encastrado centrado por un tablero de ajedrez, borde griego con reservas decoradas con escenas pompeyanas. Lombardía, finales del siglo XVIII (cm 106x77x71)
El tablero de ajedrez insertado en el centro del tablero, inspirado en los repertorios de la Antigüedad, es obra de un buen escayolista romano. El marco compuesto se inspira en los cuatro volúmenes de la Collection of Etruscan, Greek and Roman Antiquities from the Cabinet of William Hamilton, impresos por Pierre-Francois Huges d'Hancarville en 1766. Las cuatro representaciones en las reservas ovaladas y el friso sobre fondo negro del marco del tablero de ajedrez se derivan libremente de las láminas de esta obra, que tuvo una gran difusión en las artes decorativas de finales del siglo XVIII. En cambio, la decoración de las esquinas, con la esbelta greca entrelazada con delicadas hojas azules, es de invención exquisitamente neoclásica. La mesa es de factura lombarda, construida expresamente por un buen ebanista para albergar el tablero de ajedrez. Conocemos al artífice, se trata de Antonio Mascarone, seguidor de Giuseppe Maggiolini, quizás su alumno directo, un consumado incrustador como demuestra una mesa ya conocida por los estudios, muy similar a ésta, y otras obras conocidas por la historiografía. Escasas son las noticias que se tienen de él, sabemos que estuvo activo en Cesano Maderno, en la provincia de Milán, entre el último decenio del siglo XVIII y el primer veintenio del siglo siguiente. Las obras conocidas nos lo muestran como un excelente ebanista versado también en el arte de la incrustación. La cercanía de algunas taraceas en sus muebles a los diseños de Giuseppe Maggiolini, unida a la calidad de las mismas, han hecho suponer que pudo haber sido alumno directo del maestro de Parabiago. Ciertamente fue un ebanista que debió gozar en la Lombardía a caballo entre los siglos XVIII y XIX, de una sólida reputación. Trabajó también para los palacios de la corte napoleónica, como demuestra la mesa recordada, ya parte del mobiliario de la villa real de Monza. La mesa de centro en cuestión, finamente chapada con una selección de bellas maderas, no presenta incrustaciones, sino un refinado juego de chapas de bois de rose, bois de violette y palisandro, dispuestas de forma que creen juegos de vetas contrapuestas. Las dos reservas laterales del tablero están enmarcadas por un finísimo friso que repite el de la escayola, del todo particular porque está realizado con una técnica similar a la escayola. Torneadas según un bello diseño, chapadas, acanaladas y estriadas son las patas, iluminadas por un bello dorado en el interior de las acanaladuras. Una ubicación cronológica en el curso del último decenio del siglo XVIII parece la más verosímil.
Bibliografía: A. Gonzàlez-Palacios, Il tempio del gusto, Milán, 1986, Tomo I, p. 274, Tomo II, p. 300 G. Villani, Civiltà del legno, mobili delle collezioni di palazzo Bianco e del Museo degli ospedali di San Martino, Génova, 1985, p. 85 y sgg. G. Beretti, Laboratorio, 2005, p. 120 y sgg.