Escuela romana, siglo XVII
Angélica y Medoro graban sus nombres en la corteza de un árbol
Óleo sobre lienzo, cm 65 x 48,5
“Entre tantos placeres, doquier un árbol erguido / Viera sombra o fuente o arroyo puro, / Allí tenía alfiler o cuchillo presto hundido; / Así, si había alguna piedra menos dura:/ Y estaba fuera en mil lugares escrito,/ Y así en casa en otros tantos el muro, / Angélica y Medoro, en varios modos / Ligados juntos de diversos nudos”.
(Ariosto, Orlando Furioso, XIX, 36)
El lienzo representa uno de los episodios más célebres del Orlando furioso, poema caballeresco de Ludovico Ariosto, publicado en Ferrara en 1519 y fuente de inspiración para muchísimos artistas de los siglos sucesivos. Protagonista del canto XIX es la bella Angélica, princesa del Catay, de la cual se han enamorado muchos paladines cristianos, entre ellos el valeroso Orlando, que en el curso del poema, va al encuentro también de la locura, al no ver correspondido su propio sentimiento. Sin embargo, la fascinante muchacha rechaza a todos los pretendientes, hasta que, alcanzada por las flechas de Amor, se enamora de Medoro, un simple infante musulmán. Angélica, de hecho, apartándose de los campos de batalla, lo encuentra herido en el bosque y se detiene a curarlo; cuanto más sana la llaga física, tanto más crece la herida en el corazón. Por lo tanto, Angélica decide casarse con el sarraceno en gran secreto en el bosque y, arrastrados por la pasión amorosa, los dos graban por doquier sus propios nombres, antes de partir definitivamente para la India. Es precisamente esta declaración universal de amor, que el pintor del siglo XVII ha pretendido representar. Al borde de la selva, Angélica está ocupada grabando la corteza de un árbol, mientras junto a ella, suavemente tendido se encuentra Medoro, que observa absorto el gesto de la compañera. Visten simples ropas, adecuadas a la atmósfera bucólica en la que se desarrolla su historia de amor, lejana de las cruentas ambientaciones de guerra narradas en los cantos precedentes por el poeta de Ferrara. El pintor debía estar activo en el área romana en el siglo XVII. En la representación de la naturaleza parece de hecho mirar a los modos de Annibale Carracci (Bolonia, 1560 – Roma, 1609) y de su círculo; al clasicismo del tiempo se deben reconducir las poses agraciadas de los personajes, que parecen reminiscencias de esculturas antiguas, y la delicada representación de las vestiduras, cuyas cromías basadas en los tonos rojos y blancos, resaltan en un paisaje por lo demás dominado por la tenue luz vespertina.
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