Langetti Giovan Battista
(Génova 1635 – Venecia 1676)
Rey y profeta
Óleo sobre tela
137,5 x 113,5 cm
VENDIDO
REY Y PROFETA Montecarlo, Colección Carenieri-Romanione Figura 94 En esta obra, como en las últimas pinturas, Langetti, superada la marcada tendencia naturalista, revela una vibrante capacidad de síntesis y una compostura interior que distingue la escena y los personajes representados de perfil y apretados en poco espacio: el rey ricamente vestido desde la corona hasta el calzado, sentado en el trono ornado con elegantes bajorrelieves y volutas; y el profeta barbudo que, arrodillado a sus pies, desenrolla un texto escrito. El espíritu del cuadro, subrayado por la luz que golpea las figuras desde la izquierda, reside en la tensión entre el viejo profeta que amonesta al rey poniéndole delante el cartucho y el rey, consciente de su autoridad si no de su derecho, reacciona a la 'imposición' que le viene de arriba intentando eludirla o al menos ponerla en discusión. Una figura en segundo plano escucha y participa con la mano en el pecho. La escena podría referirse a un episodio bíblico como el de Jeremías que enfrenta con sus amenazas proféticas al rey de Israel. Sin embargo, es difícil identificar con seguridad un episodio preciso, ya que las fuentes no dan ninguna indicación. La evidencia con la que se representa el rollo, me sugiere el episodio de Jeremías que anuncia la palabra del Señor (hecha transcribir por él en el rollo) a Sedequías, rey de Judá, cuando Nabucodonosor rey de Babilonia amenaza Jerusalén (Jer., 34-39). El oráculo es el de un Dios airado, y en la representación de los dos personajes se transparenta toda la tensión de las páginas bíblicas en las que se prefigura el trágico destino que se cierne sobre el rey, sobre su nación, sobre su descendencia: lutos, guerra, peste, tinieblas (ceguera del rey). Temas estos caros a Langetti. Esto desde el punto de vista del contenido. La composición, desde el punto de vista estilístico, se distingue no solo por la elegancia del conjunto y de los detalles, sino también por una maduración formal, en las líneas desenfadadas prevalentemente curvas evidentes en los adornos, en las vestimentas rizadas, en el rollo, en la barba espumosa, que dan al conjunto un carácter de viva ariosidad barroca. Bibl.: Ewald, 1965, p. 131; Stefani, 1965-66, p. 188-189; 1967, p. 215; Stefani Mantovanelli, 1990, P. 80.